Inventar el futuro en medio de un tiempo hostil

La extrema derecha y los movimientos antisistema están creciendo en diferentes países, y no es casualidad que algo similar esté sucediendo en Argentina. Si hay algo en común en el mundo y en la región es el profundo descontento y malestar que existe con el estamento político. A diferencia de la derecha tradicional, estos nuevos movimientos de extrema derecha pretenden romper, en lugar de preservar, lo que ya existe.

Por Gonzalo Fiore Viani para La tinta

En un contexto global de profundo descontento, malestar e incertidumbre, los movimientos de derecha y antisistema aprovechan una especie de vacío: uno de los principales problemas que muestran hoy la izquierda, el progresismo o los movimientos nacional-populares es la falta de imaginación para crear nuevos proyectos o representaciones políticas. Básicamente, la falta de audacia para buscar una alternativa a un sistema que, en palabras del Papa Francisco, “no aguanta más”. Si bien esta frustración ya existía antes, la pandemia fue un catalizador que aceleró los procesos. Ningún oficialismo logró ganar unas elecciones nacionales en América Latina después de marzo de 2020. No solo eso, en muchos países latinoamericanos quienes llegaron a la segunda vuelta o salieron victoriosos ni siquiera pertenecen a ninguno de los partidos tradicionales que históricamente han compartido el poder. .

Las dos últimas elecciones importantes en la región fueron en Chile y Colombia. En ambas llegaron al balotaje dos hombres ajenos al establishment político y abiertamente opuestos a los partidos tradicionales de sus respectivos países. En ninguno de los dos ejemplos el oficialismo llegó a la segunda vuelta. En el caso de Chile, la salida de la crisis terminó siendo por la izquierda. Todavía no está claro qué pasará en el país cafetero, sin embargo, cualquiera de los dos candidatos rechaza categóricamente el sistema político imperante desde finales de la década de 1950 hasta la actualidad. La otra cara de esto puede ser Brasil, donde se espera que el experimento bolsonarista termine finalmente a manos de Lula Da Silva.

Paradójicamente, o no, Washington hoy parece sentirse más cómodo con un posible regreso del líder del Partido de los Trabajadores, acompañado de políticos tradicionales, que con un Bolsonaro al que consideran una especie de Trump latinoamericano. De hecho, la Casa Blanca teme que el presidente brasileño intente alguna jugada similar a la que hizo el expresidente estadounidense cuando no reconoció los resultados de las elecciones, lo que llevó a la toma del Capitolio el 6 de enero de 2021.

Aunque existen ciertos puntos en común entre esta nueva derecha y el fascismo italiano o el nacionalismo de los años 20 y 30, surgido tras la crisis económica provocada por el crack de 1929, este fenómeno tiene unas características propias que lo convierten en algo totalmente nuevo. Sólo puede explicarse desde el rechazo a la profundización del proceso de globalización en las últimas décadas. Líderes de la extrema derecha europea, como Viktor Orban o Le Pen, comparten el rechazo a las que consideran «las élites» que promueven una globalización que «destruye las culturas nacionales», la Unión Europea y los políticos tradicionales, de los que dicen han traicionado a sus pueblos para defender «intereses ocultos». A diferencia de lo que sucede con el fenómeno en América Latina, los populismos europeos de ultraderecha son considerados proteccionistas económicos. Creen que se debe controlar el capital, garantizar los derechos laborales y hacer recortes en todos los campos, menos en el social; se declaran “enemigos de las finanzas”, como ha dicho Le Pen. En su discurso hay un fuerte desprecio por la troika, el euro como moneda única y todo lo que tiene que ver con la integración regional, la cooperación y el multilateralismo. Antes de la invasión de Ucrania, se miraron en el espejo de Putin, algo que les ha pasado factura en los últimos meses. Socialmente son muy conservadores, cayendo en expresiones homofóbicas y misóginas, a diferencia de liberales como Macron, que ha hecho de las cuestiones de género un estandarte de su presidencia.

El fenómeno libertario en Argentina no es ajeno al resto del mundo en general ni a la región en particular. Con características propias, replica lo que sucede en otras partes del mundo. A nivel internacional, las referencias libertarias son variadas. Oscilan entre la extrema derecha denominada populistacomo Donald Trump o Jair Bolsonaro, y los clásicos neoliberales de los años 80. Tanto Ronald Reagan como Margaret Thatcher son referentes políticos ineludibles para la juventud más informada de este sector, que pretende ser el nueva politica. No deja de ser curioso cómo la derecha tradicional-liberal argentina, por momentos, no sabe muy bien qué hacer con un fenómeno como el libertario. Por un lado, reivindican gran parte de sus ideas, pero, al mismo tiempo, incomodan, generando ruido y resentimiento dentro de la coalición opositora de Juntos por el Cambio. Las constantes diatribas de los principales referentes libertarios contra los radicales, a los que señalan como socialistas, no ayudan, por supuesto.


La extrema derecha global parece haber logrado construir las claves de un movimiento político exitoso a nivel electoral: una historia unificadora, con símbolos poderosos y un aura de «rebeldía e incorrección» que atrae a los jóvenes. Incluso toman conceptos gramscianos como el de “batalla cultural”.


Curiosamente, siguen siendo características extremadamente populistas dentro de un movimiento cuya razón de ser autopercibida es combatir el populismo. Por ahora, la alt-right o “derecha alternativa” está construyendo un nuevo “sentido común” que genera casi tantos simpatizantes como alertas. No es la primera vez en la historia de la humanidad que movimientos extremistas o con vocación totalitaria buscan hegemonizar el debate público a nivel global. Sin la construcción de estados de bienestar eficientes para establecer políticas igualitarias que vayan más allá de la lógica electoral, el liderazgo continúa su camino de deslegitimación.

Francisco es uno de los principales enemigos de estos movimientos tanto en Europa como en América Latina, quizás porque es uno de los pocos que se anima a desarrollar una alternativa real. Como él mismo ha dicho, la solución al actual sistema “no es precisamente más individualismo, sino todo lo contrario, una política de fraternidad, arraigada en la vida de las personas”. La política debe recuperar la capacidad de llevar a cabo proyectos políticos transformadores, con capacidad de resolver los problemas específicos de los ciudadanos de a pie. Aunque hoy en día parece extremadamente difícil siquiera imaginarlo, como dijo Mark Fisher: “Hay que inventar el futuro”.

*Por Gonzalo Fiore Viani para La Tinta / Imagen de portada: El Orden Mundial.

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