Los atentados a la AMIA y la Embajada de Israel, los servicios y el alma de la Nación

Por Gonzalo Fiore Viani para La tinta

Si no fuera por todas las cosas que suceden simultáneamente en las diferentes capas tectónicas de la política argentina, la noticia debería haber sacudido el escenario local. Sin embargo, más allá de algunas discusiones en redes sociales o medios especializados, pasó desapercibida. Sucede que, según un artículo escrito por el periodista israelí experto en seguridad e inteligencia, Ronen Bergman, publicado por el New York Times, una investigación del Mossad concluyó que no hubo participación argentina en los ataques a la Embajada de Israel en 1992 que causó 22 muertos y 242 heridos, y el de la AMIA en 1994 que dejó 85 muertos y más de 300 heridos. Para la agencia de inteligencia israelí, una de las más efectivas y mejor consideradas del mundo por los expertos, no sólo no hubo participación argentina, sino que tampoco hubo agentes iraníes en Buenos Aires. El punto central del informe es que, como afirma el Mossad, se contradicen las afirmaciones argentina, israelí y estadounidense de que Teherán operaba sobre el terreno con apoyo logístico y físico concreto. Como prácticamente nunca antes en la historia argentina, hubo una trama con tanto impacto político y tanto involucramiento de los servicios de inteligencia, tanto nacionales como extranjeros.

Por supuesto, el informe del Mossad no significa que, al menos según Israel, el ataque no haya sido organizado por la República Islámica de Irán. Incluso el director del Centro Nacional de Diplomacia Pública de Israel, Lior Haiat, ratificó esa posición durante el pasado fin de semana. Según el mismo informe de inteligencia, los ataques fueron perpetrados por una célula del grupo extremista Hezbolá, sin colaboración alguna por parte de los argentinos. Al mismo tiempo, arroja luz sobre cómo ingresaron los explosivos: a través de cajas de bombones y botellas de champú en diferentes vuelos comerciales. Todo esto sin ningún consentimiento o apoyo de las autoridades locales o particulares. Será importante ver cómo esta investigación afecta la arista judicial del caso, ya que, como ha dicho el ex juez de la causa, Rodolfo Canicoba Corral, prácticamente todo el proceso judicial se llevó a cabo con base en informes de inteligencia entregados por el entonces Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE) -hoy Agencia Federal de Inteligencia (AFI)- que eran, básicamente, copias de las investigaciones realizadas por la CIA y por el propio Mossad.

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(Imagen: Julio Menajovsky)

El móvil de los hechos delictivos también estaría claro; Según la inteligencia israelí, ambos ataques fueron llevados a cabo por Hezbolá en represalia por las operaciones de Tel Aviv contra las guerrillas chiítas en el Líbano durante la década de 1990. Las autoridades tanto de la DAIA como de la AMIA se pronunciaron en contra del informe que, como se ha dicho anteriormente, no quita ninguna responsabilidad a Teherán sobre la autoría de los ataques. De hecho, para el Mossad, los ataques fueron aprobados expresamente por Irán. Sin embargo, los funcionarios iraníes residentes en la embajada en Buenos Aires no estaban involucrados y, al parecer, ni siquiera estaban al tanto, como se creía hasta ahora. La causa judicial podría dar un giro, ya que tres funcionarios de la embajada iraní en Buenos Aires serían «absueltos» al momento de los hechos: el agregado cultural, Mohsen Rabbani, acusado de ser el autor intelectual de los atentados; El embajador Hadi Soleimanpour y el tercer secretario, Ahmad Ashgari, todos ellos con alerta roja de Interpol.

Un artículo publicado por Raúl Kollman en Página/12 el 24 de julio cita declaraciones de Danny Carmon, diplomático israelí que sobrevivió al ataque a la embajada: “En diciembre de 2021, un equipo del Mossad concluyó la investigación, cuyo objetivo era determinar qué había sucedió en Argentina y, por primera vez, documentos de la inteligencia israelí aclaran lo que sucedió allí… (los ataques) no contaron con la complicidad de ciudadanos argentinos ni con la ayuda de Irán en el terreno”. Esto contradice lo que cree el jefe del Mossad en el momento de los ataques, Shabtay Shavit, quien afirmó en 2019 que la embajada iraní en Buenos Aires estaba involucrada. Al mismo tiempo apuntó a la comitiva siria del entonces presidente argentino, afirmando que en la Casa Rosada «se hablaba más árabe que español». Más allá del carácter dudoso e improbable de esta afirmación, lo que más ruido hace es que Shavit también dijo en una nota en 2015 que: «Es posible que elementos de la policía o de los servicios de seguridad hayan ayudado a quienes planearon y ejecutaron los ataques». Entonces, ¿quién dice la verdad? ¿Cuál es la información confiable? ¿Cuáles son los intereses políticos detrás de cada uno?

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Uno de los hechos más notorios sobre las consecuencias políticas de los atentados fue lo ocurrido con el fiscal Alberto Nisman en 2015 y la trama posterior que se desató dentro del hampa de los servicios de inteligencia argentinos. Nisman fue designado en 2004 por el entonces presidente Néstor Kirchner como titular de una Fiscalía especial para investigar los atentados. Desde su nombramiento, Nisman se involucró cada vez más en la red de servicios de inteligencia que operaban en la sombra con intenciones poco claras. En 2006, afirmó tener pruebas para acusar directamente a Hezbolá. La polémica surgió cuando, en los primeros días de 2015, aseguró tener una denuncia que encarcelaría a la entonces presidenta Cristina Kirchner, a su canciller Héctor Timerman y al secretario jurídico y técnico de la presidencia, Carlos Zanini. Los acusó de haber encubierto el ataque en complicidad con los presuntos perpetradores iraníes, lo que estaba vinculado a un memorando firmado con la República Islámica en 2013, que había pasado por el Congreso.

Al día siguiente de su muerte, el fiscal debía presentarse ante el Congreso de la Nación con las pruebas de su grave denuncia. Los acusados, que habían pedido que el hecho fuera público y retransmitido por televisión, acudirían a enfrentarse a él. Supuestamente rodeado por la expectativa de presentarse ante todo un país que esperaba sus declaraciones, Nisman se suicidó en su apartamento del encantador barrio de Puerto Madero. A partir de ahí comenzaron las idas y venidas de una novela mezclada por Raymond Chandler y Graham Greene; donde intervienen los servicios políticos, judiciales, de medios de comunicación y de inteligencia. Eso sí, el caso sigue vidrioso, solo queda esperar que, algún día, por fin, se sepa toda la verdad y, sobre todo, se haga justicia para las víctimas y familiares del mayor atentado sufrido por argentinos, al menos, desde el retorno a la democracia en 1983 y uno de los más sangrientos que se ha perpetrado en Occidente en las últimas décadas. El exespía y novelista John Le Carré dijo que el estado de los servicios de inteligencia es fiel reflejo del alma de una Nación. Si esto es así, muchas preguntas deben ser profundizadas y cambiadas en los tiempos venideros. El compromiso con la verdad, la justicia y la memoria nunca puede ser opacado por los intereses políticos, sectoriales o geopolíticos del momento.

*Gonzalo Fiore Viani para La Tinta / Imagen de portada: A/D.

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