¿Planes vs. trabajo? El eterno retorno de una falsa oposición

Durante décadas, una construcción dicotómica ha organizado buena parte del debate sobre las posibilidades e imposibilidades de inserción laboral de los “sectores populares”: la oposición entre planes y trabajo. Este binomio reaparece incansablemente: convertir los planes en obras o, directamente, acabar con ellos parece convertirse en el principal objetivo que ordena una parte importante de la discusión política actual. ¿Qué muestra y qué esconde esta supuesta oposición? ¿Cómo viven los sectores populares organizados estos discursos?

Por Florencia Pacífico y María Victoria Perissinotti para The Ink

Un prejuicio de larga data

Al afirmar que los “planes” deben convertirse en trabajo, se reproduce la asociación de sus titulares como personas que no trabajan. ¿Es posible hablar de formas de trabajo actuales sin que el tema de los «planes» domine la conversación?

La oposición entre planos y obra asume al menos dos definiciones; por un lado, uno vista restringida del trabajo, que se enfoca en la inserción en el mercado asalariado formal y en la producción orientada al comercio. Por otra parte, reproduce un discurso moral y una mirada estigmatizante sobre aquellos sectores de la clase trabajadora que pertenecen a la economía popular (PE), quienes, sin acceso a un empleo estable y protegido, sobreviven gracias a “inventar” su propio trabajo. Una mirada que se intensifica aún más cuando también son titulares de programas sociales. Juntas, ambas definiciones forman una expulsión calificativa que es en sí misma un hecho político: Toda una serie de actividades que realizan diariamente los titulares de programas sociales, en su mayoría del sector de la economía popular, son invisibilizados y excluidos de sus condiciones laborales.

Lo que llaman planeros: un (pre)juicio moral inapelable

Empecemos por el principio: aquellas personas que el discurso público y mediático tiende a homogeneizar bajo la calificativa despectiva de “planners” trabajan y lo hacen en una multiplicidad de tareas. Sólo para hacer un repaso rápido: la puesta en marcha de huertos y emprendimientos agrícolas familiares; preparación de alimentos para quienes acuden a espacios comunitarios de atención; producción de bloques, barandales y muebles en talleres construidos desde cero por organizaciones de la economía popular; recuperación de material reciclable; construcción de viviendas, rehabilitación de colegios, limpieza viaria y acondicionamiento de plazas, y un largo etcétera. Además de realizar tareas en el marco de programas sociales -lo que muchas veces se ha llamado «compensación»- trabajan simultáneamente «inventando» otros oficios que les permitan generar y diversificar sus ingresos: venta ambulante, trabajo textil, horarios de limpieza, preparación y venta de alimentos, entre muchos otros oficios. los la pluriactividad caracteriza a la economía popular en general y la vida cotidiana de los llamados “planeros” no es una excepción.

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Es que para “vivir de planes” no dan los números de ninguna manera. De hecho, en la composición del ingreso de los trabajadores de EP que reciben programas sociales, estos “planes” no constituyen ni han constituido nunca el único aporte a sus economías familiares. Sus ingresos (y los de sus familias) provienen de una amplia variedad de actividades en las que los programas de empleo son solo una fuente. Ya en 2003, estudio sobre la primera implementación del Programa Jefas y Jefes de Hogar Desocupados destacó este tema: el aporte de este programa representó sólo el 37% del ingreso total de los hogares que lo recibieron. Durante 2022, según un informe del Observatorio de Situación Económica y Políticas Públicas (OCEPP), solo el 3% del ingreso individual de los trabajadores de EP se explica por “ayuda social” y 11% para pensiones y jubilaciones. El 86% restante proviene de sus ingresos laborales..

En la práctica, entonces, los ingresos de los planes sociales constituyen una porción menor del total. Pero, en el marco de una sociedad que sigue pensando bajo el modelo salarial, la recepción de un programa estatal de transferencias directas suele anular (como en un acto de contaminación), en la percepción subjetiva y social, la existencia y valor del resto. de las fuentes de recursos provenientes de la pluriactividad de estos trabajadores. En una operación de totalización socialmente invisible, la parte se toma por el todo: recibir “algo” del Estado se convierte en “vivir del Estado”.

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El grupo de personas que hoy integran la economía popular supera con creces a la población que recibe programas sociales; al cierre del año pasado, la Obra Empoderar llegó a 1,3 millones en todo el país; mientras que, según mediciones desarrolladas desde el Centro de Innovación de los Trabajadores y tomando como referencia sólo los conglomerados urbanos, la economía popular alcanzó a 4.645.447 personas. En marzo de 2022, el salario social complementario representó el 17% de la canasta básica, mientras que la Asignación Universal por Hijo alcanzó solo el 7%. ¿Quién podría vivir de los planes cuando no cubren ni la cuarta parte de la canasta básica familiar?

Durante al menos tres décadas, quienes poseen programas sociales han estado constantemente bajo un intenso escrutinio mediático, político y social (y un juicio moral inapelable) que los define como flojos, personas que no quieren trabajar o como explotadores del Estado (y, por tanto, de los que sí trabajan). Una acusación que, aun sin necesidad de ser enunciada, siempre permanece latente y estalla con mayor fuerza al menos tres o cuatro veces al año, cuando algún reportaje periodístico o discurso político reaviva el debate.

Quienes son destinatarios de algún plan social no son ajenos a estas miradas condenatorias. En los días de trabajo, entre ladrillo y ladrillo, mientras se revuelven las ollas en los merenderos o se habla frente a las herramientas en los talleres, los ecos del debate sobre qué debe pasar con los planos llegan como una voz en off que incomoda y Incluso los acosa. Ante este escenario de violencia y hostilidad, muchas de estas personas vienen ensayando distintas estrategias colectivas que permitan introducir interpretaciones alternativas a la dominante. En contextos donde la asociatividad de los sectores popular/planar/vago se reproduce con fuerza amplificada con el impulso de los medios de comunicación, desde las organizaciones saben que parte de la batalla se da en el plano de la comunicación. Es por eso, Dar prueba del trabajo realizado es una preocupación recurrente de los destinatarios de los programas sociales y una tarea casi obligada en el día a día.

Fotografiar la obra, contrarrestar la invisibilidad

Como antropólogos, desde hace casi una década, acompañamos a los trabajadores de la economía popular que laboran en cooperativas y unidades productivas en el conurbano bonaerense y la periferia de Córdoba. Hace unos años, notamos que la tarea de fotografiar sus actividades diarias se había convertido en una (pre)ocupación para estas personas. Las fotografías constituyen una estrategia recurrentemente adoptada para difundir lo que hacían las cooperativas y era común que se tomaran imágenes de prácticamente todas sus rutinas de trabajo.

Estas imágenes muestran personas “en acción”, una especie de (auto)afirmación de su condición de trabajadores para distanciarse de una acusación siempre presente. Pero, además, el registro fotográfico es especialmente productivo para captar algo que, de otro modo, sería difícil de percibir: la (prácticamente esquiva) relevancia y productividad del trabajo de cuidados. Mirando las fotos, vemos que una parte de ellas está destinada a retratar a personas que pintan escuelas, cortan el césped en los espacios verdes del barrio, enyesan y pegan ladrillos en las casas, ensamblan muebles, instalan porterías de fútbol, ​​limpian, desmalezan, organizan materiales para desechar. , arreglar plomería y electricidad, reparar equipo de juegos; vemos mujeres encendiendo el fuego, cocinando, poniendo la mesa, repartiendo la comida y lavando los platos en espacios socio-comunitarios. También circulan fotos de una cantidad voluminosa de comida preparada y lista para entregar.

A pesar de ser esenciales para mantener la vida en marcha, estos trabajos de atención comunitaria a menudo se consideran poco en los análisis económicos; por tanto, su visibilidad es una tarea compleja y un trabajo extra que ocupa a quienes las llevan a cabo. Al final del día, la comida preparada para el comedor ya estaba consumida y para muchos puede ser difícil medir todo el trabajo realizado por aquellas mujeres que revolvían durante horas una olla calentada por un fuego de leña. Las obras de construcción, una vez que se levantan las paredes y se enyesan los ladrillos, adquieren la apariencia de haber estado allí desde siempre. Sin las fotografías sería más difícil evaluar que en el techo de una escuela llovía, que la señora de la esquina vivía en una chabola y ahora tiene una casa de tela, que los kilos de harina enviados por el Ministerio se transformaron en montones de tortas fritas que acompañaron los momentos de juego, recreación y educación de los niños de los barrios.

Hacia tomando fotografías, no solo respondiendo a un agravio o afirmando una identidad, se construyen “pruebas” para legitimar sus actividades, las fotos contribuyen a un debate más amplio sobre qué se entiende por trabajo y cuál es su valor. Al fotografiar alimentos, ollas, trabajos de albañilería en casas rehabilitadas o escuelas, una apuesta política para reivindicar y visibilizar todo el trabajo que sea necesario para reproducir y mejorar la vida en los barrios populares. y puedes ayudarnos introducir puntos de fuga en el debate principalasumiendo el difícil reto de visibilizar todo el trabajo necesario para hacer girar el mundo.

*Por Florencia Pacífico y María Victoria Perissinotti para La Tinta / Imagen de portada: A/D.


Florencia Pacífico del Centro de Innovación para los Trabajadores (CITRA – CONICET-UMET) y del Programa de Antropología Colaborativa. María Victoria Perissinotti del Instituto de Antropología de Córdoba (IDACOR-CONICET).

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